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Maldiciendo en el quirófano

Fecha de Publicación: 7/8/2000
Este artículo está clasificado en la categoría Humour
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    ¿Es cierto que los cirujanos tienen un pésimo vocabulario mientras se desarrolla la intervención quirúrgica? La leyenda dice que muchos de ellos, personas educadas y sensibles en la vida cotidiana, sufren una verdadera transformación al vestirse y colocarse los guantes para la cirugía. Un cirujano y un anestesista de Londres decidieron investigar qué hay de cierto en esta creencia, y para ello diseñaron un estudio en el que fueron registradas las blasfemias emitidas por los cirujanos en 100 intervenciones con anestesia general.
 

La profesión médica es rica en anécdotas acerca del lenguaje obsceno que utilizan los cirujanos en la sala de operaciones. Se dice que hasta el profesional más recatado sufre una transformación mágica (o maléfica) cuando se calza la bata y los guantes.

Para corroborar la veracidad de estas creencias, los Dres. Fausto Palazzo y Orlando Warner, quienes desempeñan su labor en Londres y Oxford, respectivamente, registraron la frecuencia y gravedad de los improperios pronunciados en 100 operaciones bajo anestesia total por parte del cirujano, sin que éste lo supiera.

Las groserías fueron clasificadas en 3 grupos, con puntajes asignados para reflejar su calibre. Los insultos referidos al cielo y el infierno (God, bloody hell, bugger) recibieron 1 punto, los referidos a productos corporales (sh*t, p**) fueron calificados con 2 puntos, y las denominadas groserías de 4 letras (f***, c***, b***ard) recibieron 3 puntos.

Para garantizar el anonimato de los cirujanos no se clasificó a los profesionales según su sexo y grado. La tasa de insultos por especialidad fue calculada teniendo en cuenta el tiempo total de la operación y los puntajes totales de cada rama.

Los resultados del estudio fueron publicados en el prestigioso British Medical Journal. Para un día típico de 8 horas de cirugía, señalan los autores, la tasa de improperios fue de 16.5 puntos para los ortopedistas, de 10.6 puntos para los cirujanos generales, de 10 puntos para los ginecólogos y de 3.1 puntos para los urólogos. En cambio, durante las cirugías otorrinolaringológicas sólo se escucho poco más que "bugger" (sodomita).

Es difícil explicar las diferencias entre las distintas especialidades, señalan los autores. En algunos casos, especulan, el factor determinante podría ser la brevedad de las operaciones. Mientras que las cirugías ortopédicas duraron en promedio 51,7 minutos, las otorrinolaringológicas promediaron 34,4 minutos. No obstante, aunque la duración media de la cirugía ginecológica fue de 37,2 minutos, los ginecólogos profirieron más insultos que sus colegas otorrinolaringólogos.

La creciente práctica de la cirugía bajo anestesia local puede estar forzando a los cirujanos a contenerse, postulan los autores. En una carta enviada al British Medical Journal, esta presunción es corroborada por el Dr. Nicholas Beare, un oftalmólogo que dice haber presenciado como sus colegas se muerden la lengua cuando se hallan operando bajo cirugía local. En otra carta, el Dr. Hobart Walling de Saint Louis, Estados Unidos, opina que es necesario realizar un estudio similar del otro lado del Atlántico, teniendo en cuenta la reputación de los norteamericanos de ser proclives al uso de lengujaje indecoroso. El Dr. Walling confía en que los profesionales estadounidenses obtendrían un puntaje significativamente mayor que su contraparte británica.

El análisis de los resultados de este trabajo ofrece sus dificultades para los hispanoparlantes. Es muy difícil comprender la intensidad y el grado de grosería de determinado improperio en inglés, porque su equivalente español nuchas veces no tiene las mismas características. Además, existen enormes diferencias regionales: el nombre que los argentinos usan para designar groseramente a los genitales femeninos no es más que un inocente sobrenombre de mujer en España.

Ni en el trabajo ni en las cartas referidas a él hay comentarios sobre las particularidades latinas en el quirófano. Algunos dicen que proferimos más improperios que los fríos sajones, pero esto es una estimación que habría que corroborar. Existen muchas otras preguntas que aguardan respuesta. ¿La cantidad de blasfemias es proporcional a la jerarquía de los cirujanos? ¿Hay alguna relación con la edad? Además de las maldiciones proferidas en general, ¿no deberían registrarse las agresiones, críticas mordaces e insultos que a veces los cirujanos arrojan sobre sus ayudantes o sobre la instrumentadora? Nuestros jóvenes e inquietos investigadores tienen aquí un amplio campo de estudio, que esperamos sepan aprovechar.

Biblio:
       Fausto Palazzo F y Warner OJ
       Surgeons swear when operating: fact or myth?
       BMJ 1999;319:1611-1611
       [BMJ]

Para comentarios, opiniones, elogios o críticas, mailto:delgaleno@gmail.com

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