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Si los médicos que hacen necropsias se lavan las manos antes de atender un parto, la mortalidad por sepsis puerperal por estreptococos se reduce del 22% al 3%. El autor de esta observación, hecha 150 años atrás, fue Semmelweis, y en la actualidad resulta difícil creer que haya sido necesario un estudio científico para llegar a esa conclusión. Pero también es difícil de interpretar porqué, aún hoy, los médicos se resisten al simple gesto de lavarse las manos. Según varios estudios observacionales la aceptación de esta medida por parte de los profesionales de la salud es baja, y en algunos casos sorprendentemente baja. En un editorial del BMJ se insistió recientemente en la necesidad de esta medida higiénica elemental, pero más interesante que los previsibles argumentos usados para defender esta postura son los comentarios que enviaron los lectores de la revista, que pueden leerse en la dirección electrónica de su sitio en Internet. Entre ellas pueden encontrarse opiniones serias, ingeniosas y hasta francamente curiosas. Entre las primeras se puede citar la de una enfermera especialista en control de infecciones, quien relata la experiencia de un trabajo observacional sobre la conducta del lavado de manos en 200 trabajadores de la salud. Estos fueron observados a la salida del toilette, tomándose nota del porcentaje de individuos que se lavaban las manos en esas circunstancias; además, los resultados fueron comparados con los registrados en un baño público de una estación de tren. Los autores de la nota señalan que en el ámbito de atención médica se lavaban sus manos el 59% de los trabajadores de la salud de sexo masculino, y el 83% de las mujeres; en el baño público, en tanto, los porcentajes correspondientes fueron 34% y 56%. La diferencia entre los sexos puede explicar, dicen, las que se han descripto entre los hábitos de lavado entre médicos y enfermeras; estas diferencias no corresponderían a distintos hábitos de las profesiones, sino que serían un reflejo de que existen más médicos hombres y más enfermeras mujeres. Otro especialista recuerda que las facilidades para lavarse las manos en el ámbito de atención médica es muchas veces inadecuado, lo que la hace imposible o muy dificultosa. Falta de soluciones jabonosas o antisépticas, incómoda ubicación de los lavatorios y otros inconvenientes similares tendrían su cuota de responsabilidad en la falta de higiene de las manos de los trabajadores de la salud. Un cirujano consultor afirma, en tanto, que el gel de alcohol es mucho más eficaz, cómodo y seguro que el tradicional lavado con agua y jabón. Si se dipusiera de este tipo de soluciones en las áreas de atención, sostiene, seguramente la higiene de las manos se cumpliría mejor. Pero no solamente las manos parecen ser las culpables de la transmisión de infecciones. Un cirujano cardíaco de Edinburgo comenta que suelen pasarse por alto dos fuentes de infección muy frecuentes: los guardopolvos blancos y los estetoscopios. Los primeros suelen dejarse puestos aun en áreas de descanso, que no son limpias, en tanto que los estetoscopios, según se ha demostrado, son portadores de varias especies de estafilococos. Lavarse las manos con tanta frecuencia también presenta sus inconvenientes, como recuerda un obstetra de la ciudad de Leeds, quien hace referencia a las soluciones de lavado, muchas veces sumamente agresivas para la piel. En parecidos términos se expresa un colega de la misma especialidad, quien afirma que en pacientes críticos y después de la curación de heridas, el lavado de manos está plenamente justificado; no obstante, dice, en el contacto con pacientes habituales en la práctica cotidiana nadie ha demostrado que el lavado permanente de las manos sea un gesto realmente útil. Por otra parte, según un cálculo de 60 contactos diarios con pacientes, y a uno o dos minutos por lavado de manos, se puede estimar de una a dos horas diarias perdidas en el lavatorio. ¿De dónde sale ese tiempo extra, se pregunta, y quién pagaría su costo? No obstante, hay otros profesionales que no sólo no hacen este tipo de cuestionamientos, sino que aceptan el repetido lavado de las manos con verdadera unción religiosa. Es el caso del Dr. A Majid Katme, médico y musulmán practicante, quien describe en cuántas ocasiones se deben lavar las manos según las enseñanzas de su profeta: al levantarse, al salir del baño, antes y después de cada comida o después de tocar cualquier superficie aparentemente sucia; también después de tocar un cadáver o el área genital o anal de uno mismo o de otros (como sucede en los exámenes médicos, se apresura a aclarar). Asimismo, es obligatorio lavarse no sólo las manos, sino la cara, nariz, orejas, brazos y pies, además de mojarse el pelo, antes de las cinco plegarias del día. Por último, si se toca a un perro, es obligatorio lavarse las manos 7 veces, una de las cuales en la arena. Estos lavados frecuentes deberían ser practicados por todos los musulmanes, cualquiera fuera su oficio o actividad. El autor aprovecha para recordar a todos los médicos musulmanes que la puesta en práctica de estas enseñanzas islámicas ayudaría a prevenir las infecciones. Biblio: Editorial: Hand washing A modest measure with big effects BMJ 1999;318:686-686 [Editorial] [Cartas] Para comentarios, opiniones, elogios o críticas mailto:delgaleno@gmail.com
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