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Cuando nos alimentamos no sólo reponemos calorías, nutrientes, vitaminas y minerales. Qué se come, en cuáles circunstancias, con qué preparación, los listados de alimentos permitidos o prohibidos, así como las reglas de etiqueta relacionadas con el hecho de comer, nos indican que este acto fisiológico está inmerso en una compleja trama cultural y social. Que los gusanos o los insectos nos provoquen una profunda repulsión no está determinado biológicamente, sino por nuestro contexto cultural; de hecho, muchas sociedades incluyen en su dieta diaria a estos animales, los comen con placer y constituyen su principal fuente de proteínas. Analizar las características de la alimentación en las distintas sociedades puede ser apasionante, por lo que revela de cada cultura y porque pone de manifiesto la casi infinita plasticidad del hombre, capaz de adaptarse a las más variadas circunstancias y medios. Uno de los aspectos en los que diversos autores han incursionado es la variabilidad por género, las a veces curiosas diferencias de alimentación entre hombres y mujeres. Dos investigadores pertenecientes al Departamento de Investigación de Nutrición Humana de la Real Universidad de Veterinaria y Agricultura de Dinamarca, realizaron una puesta al día de los informes sobre las diferencias sexuales a la hora de comer. Los autores recurrieron a las más variadas fuentes de información, desde trabajos científicos de las áreas médica o social, hasta recetarios de cocina que incluyen recomendaciones acerca de los tipos de comida más adecuados para determinadas personas o circunstancias. En primer lugar, los estudios revelan que las dietas a base de carne, papas y bebidas alcohólicas son consumidas por una proporción mayor de hombres que de mujeres, mientras que las frutas, vegetales y derivados lácteos -como quesos crema o yogur- se asocian con la alimentación propia de las mujeres. Este patrón parece repetirse en la mayoría de los países estudiados. La preferencia de los hombres por la carne y el hecho de que las mujeres puedan omitir este tipo de alimento sin mayores inconvenientes está documentado en varios trabajos sociológicos sobre el tema. Distintos investigadores han interpretado que los productos derivados de la carne se asocian con cualidades como virilidad y fuerza, y que funcionan como un símbolo de masculinidad. Esta característica parece ser transcultural: investigaciones antropológicas indican que la preferencia de los hombres por la carne se repite con notoria regularidad en muchas y diversas sociedades. En el caso de los derivados lácteos, los autores citan que el queso tipo cottage es en Suecia un alimento habitual para las mujeres, en tanto que el 84% de los hombres suecos nunca lo consume. En Gran Bretaña el consumo de este tipo de queso es mucho menor, pero la proporción se mantiene: las mujeres lo incluyen en su dieta más del doble de las veces que los hombres, quienes en un 96% jamás lo han ingerido. Los hombres, en general, parecen tener menor aprecio por las frutas y los vegetales que las mujeres, y este dato también se repite en varias sociedades. No sucede lo mismo con el pescado, visto en algunos lugares como algo típicamente femenino (como en la clase trabajadora en Francia), en tanto que en otros (Finlandia, Suecia y Países Bajos) es consumido en mayor cantidad por los hombres. En cuanto al alcohol, está claro que los hombres lo consumen en mayor cantidad, más frecuentemente, más rápido y con mayor asiduidad en lugares públicos. Además, se observa en este sexo la conducta de beber con el objetivo de emborracharse, situación socialmente más tolerada en ellos que en las mujeres. Beber en gran cantidad y con predominio de cerveza parecen ser estereotipos de masculinidad. Beber vino no constituye un rasgo femenino, pero es lo que se acepta socialmente si una mujer decide beber. En general los hombres prefieren la cerveza, el vino y las bebidas blancas, en tanto que las mujeres prefieren el vino, los vinos dulces y los licores. Otro aspecto de las diferencias alimentarias entre los sexos se pone en evidencia en los alimentos dulces. Las tortas, budines, chocolates y dulces en general son vistos como marcadores de femineidad. En algunas sociedades, el hombre que consume pasteles, dulces y licores puede ser objeto de burlas o comentarios maliciosos. Esto sucede tanto en Suecia como en Japón, y existen observaciones del mismo fenómeno en otras sociedades. En varios idiomas el término "dulce" se usa para designar o se asocia a lo femenino. Los tipos de preparación de los platos también revelan diferencias de género. Las mujeres prefieren las ensaladas, los platos vegetarianos y las sopas. Para los hombres, en cambio, estos platos se ven como partes o accesorios de la comida, más que como la comida principal. Entre las mujeres el consumo de carne se da más por razones sociales, puesto que según se ha observado no es la comida seleccionada cuando comen solas. La presencia de carne en los platos recomendados para los hombres es un dato frecuente en los libros de cocina. Se observa una tendencia a desviarse de esta estructura cuando el padre de familia no está en su hogar; en estos casos, suelen aceptarse con mayor indulgencia las preferencias infantiles por los huevos fritos, papas fritas y otros alimentos sin carne. Puede deducirse que la autoridad del padre y su prestigio en la familia se simboliza en los ingredientes de la comida "apropiada", que incluye un igualmente apropiado trozo de carne. Entre los hombres existe la tendencia a comer en menos oportunidades en el día, pero en forma más abundante, y no es común que se salteen alguna comida, como suele observarse en las mujeres. Las diferencias en la cantidad de alimentos es una de las más notorias y estables entre los sexos, y parecen ir más allá de las diferencias en la contextura física o de las necesidades energéticas. De hecho, la obesidad es claramente más frecuente y socialmente más tolerada en los hombres. De los niños se espera que coman con apetito voraz, mientras que las expectativas con las niñas es que sean más selectivas y coman menos. Los episodios de exceso de comida son sancionados mucho más severamente en las niñas, situación que se repite en niñas y mujeres de variadas culturas. Las mujeres, mucho más que los hombres, son blanco de comentarios y juicios de valor por su forma de comer y por la cantidad de comida que ingieren. Según un estudio, las mujeres que comen poco son percibidas como más femeninas, y se las asocia con mayor atractivo sexual y una serie de virtudes, como más bonitas, amigables o simpáticas. La creencia de que las mujeres se preocupan más por el carácter saludable de los alimentos se asienta en que éstas parecen aceptar las recomendaciones nutricionales con más facilidad que los hombres, además de la mencionada tendencia a comer menos y preferir ensaladas, frutas y platos más pobres en grasas. Sin embargo, algunos estudios indican que estas diferencias no se deben tanto a una elección por razones de salud, sino casi exclusivamente por el objetivo de bajar de peso, conducta que es mucho más frecuente y constante en las mujeres que en los hombres. Si se plantea un conflicto entre la elección de un alimento sano contra uno que haga bajar de peso, las mujeres jóvenes tienden a dar prioridad a este último. Las razones de salud en la elección de la dieta recién empiezan a ser tenidas en cuenta en la mediana edad. Los autores señalan estudios en los que se establece una jerarquía de los alimentos: la posición más elevada la ocupan las carnes rojas, y siguen en orden las carnes blancas, otros productos de origen animal (huevos, queso), frutas, vegetales de hoja, vegetales de raíz y, por último, los cereales. Aun en los restaurantes vegetarianos, según se ha comprobado, el plato principal es tratado, presentado y nombrado de manera que se parezca lo más posible a un plato de carne. Los hombres eligen los alimentos y tipos de comida que están más altos en esa escala jerárquica, y las mujeres seleccionan los de jerarquía menor. Puede interpretarse que la elección no es por que cada alimento simbolice masculinidad o femineidad, sino que las distintas jerarquías de los alimentos se corresponden con las jerarquías relativas de los sexos en la sociedad. El hecho de que los hombres consuman mayor cantidad de alimentos ha recibido diversas interpretaciones. Se ha señalado un paralelismo entre el apetito por la comida y el apetito sexual, razón por la cual la manifestación de deseos de comer en cantidad sería algo socialmente reprimido en las mujeres. Otros lo explican por el ideal del cuerpo delgado como sexualmente atractivo en las mujeres, con el correspondiente desprecio por la obesidad femenina, que sería una forma de opresión sexual. Otra interpretación destaca que el cuerpo masculino ideal es más grande, alto y pesado, y el de la mujer es en forma correspondiente pequeño, delgado y liviano. Parece obvio que para cumplir estos estereotipos el hombre necesita comer más (y eventualmente dedicarse al fisicoculturismo) en tanto que las mujeres prefieren orientarse a limitar su alimentación. Si bien el informe se refiere en general a los hábitos de alimentación europeos y norteamericanos, es fácil reconocernos en la mayoría de las costumbres descriptas. En un país como la Argentina, con una gran tradición de alimentación de carne vacuna, las mujeres comen este tipo de alimentos pero siempre en menor cantidad que los hombres. A pesar de que la preparación cotidiana de los alimentos es un papel reservado habitualmente a las mujeres, el plato más tradicional del país, el asado, es responsabilidad exclusiva de los hombres, en tanto que las mujeres hacen las ensaladas y se ocupan de que no falte el postre. Resultaría inconcebible o gracioso que las mujeres prepararan el asado y los hombres la ensalada, así como resulta imposible que un grupo de mujeres solas haga un asado. Existen observaciones antropológicas no señaladas en el trabajo que corroboran la hipótesis principal: en la mayoría de las culturas la actividad de caza y pesca está reservada a los hombres, en tanto que la agricultura y recolección de alimentos (frutas y vegetales) se reserva a las mujeres. No se debe caer en la explicación fácil del mayor esfuerzo físico que implica la actividad de caza, porque en muchos casos las actividades de siembra, cosecha y recolección son sumamente pesadas, y las mujeres deben realizarlas a pesar, por ejemplo, de su avanzado estado de embarazo. En tanto, la actividad de caza muchas veces se limita a la confección de trampas, su distribución y control. Al finalizar su trabajo los autores destacan que los alimentos recomendados como saludables por los nutricionistas se corresponden con los que se perciben como femeninos; como corolario, existe el riesgo de que los hombres vean las recomendaciones dietéticas como un atentado a su masculinidad. Este es uno de los aspectos sobre los que debería profundizarse la investigación, para diseñar políticas adecuadas de difusión en nutrición y medicina preventiva. Biblio: O' Doherty Jensen K y Holm L Preferences, quantities and concerns: socio-cultural perspectives on the gendered consumption of foods European Journal of Clinical Nutrition 1999, 53:351-359 [Medline] Para comentarios, opiniones, elogios o críticas mailto:delgaleno@gmail.com
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