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La hipertensión se ha relacionado con varios factores que dependen del estilo de vida y de las características psicosociales de los individuos, entre ellos la obesidad, el excesivo consumo de sodio y el sedentarismo. Sorprendentemente, la forma en que se encara la vida y la esperanza puesta en el futuro parecen tener también un importante papel en el desarrollo de esta patología. Un estudio realizado entre hombres sanos finlandeses relacionó el riesgo de desarrollar hipertensión con la desesperanza manifestada frente al futuro. Los mismos autores habían hallado previamente una asociación entre este estado de ánimo y la mortalidad cardiovascular, la progresión de la ateroesclerosis y el infarto de miocardio. La desesperanza, explican la doctora Everson y sus colegas de la Universidad de Michigan, puede definirse como el sentimiento de futilidad y de expectativa negativa con respecto al futuro y a las metas personales. Este sentimiento es una de las características de la depresión, pero no todos los individuos desesperanzados pueden ser diagnosticados con esta patología. El objetivo de estos expertos fue determinar si la desesperanza tiene un efecto negativo sobre la presión arterial, más allá de los de la patología psiquiátrica. El trabajo se realizó utilizando datos del estudio KIHD, cuyo objetivo era determinar los factores de riesgo biológicos, psicosociales y socioeconómicos para las enfermedades cardiovasculares entre los hombres de Kuopio, en Finlandia. Un subgrupo del total de los participantes, formado por 616 adultos normotensos, fue incluido en este análisis. Los expertos determinaron, inicialmente y luego de 4 años, los parámetros antropométricos, bioquímicos, fisiológicos y psicológicos de los participantes. La desesperanza se estimó a partir de la evaluación de dos proposiciones: "el futuro me parece falto de esperanzas, y no creo que las cosas mejoren", y "creo que es imposible alcanzar las metas que me gustaría lograr". Cada individuo manifestó su nivel de acuerdo o desacuerdo, que fue transformado en un puntaje: cuanto mayor era su coincidencia con la aseveración, más puntos se le asignaban, en una escala de 0 a 8. De esta forma, se clasificó a los participantes en tres grupos: aquellos con puntajes bajos (en general en desacuerdo con las proposiciones), aquellos con valores intermedios, y aquellos con puntajes elevados, éstos últimos considerados desesperanzados. El porcentaje de participantes que resultó incluido en cada grupo fue de 59.7, 31.8 y 8.5, respectivamente. Cuatro años después se evaluó la presencia de hipertensión en los participantes, considerándose afectados aquellos que presentaran valores de presión sistólica en reposo mayores a 165 mm Hg, valores de presión diastólica superiores a 95 mm Hg, o estuvieran recibiendo alguna medicación para tratar esta patología. Un total de 126 hombres (el 20.4% de la muestra) cumplía con alguno de estos criterios. Los resultados demostraron que, por cada punto de incremento en la escala de desesperanza utilizada, el riesgo de padecer hipertensión aumentaba en un 16%. Esta asociación se mantuvo aún después de controlar la influencia del consumo de tabaco, del alcoholismo, del índice de masa corporal, de la actividad física, de la educación y de los antecedentes familiares de hipertensión. Otro factor especialmente tenido en cuenta por estos investigadores fue la presencia de depresión, ya que, como se mencionó, sus síntomas pueden incluir a la desesperanza. Para ello utilizaron una escala diagnóstica que considera los trastornos del humor, los conceptos negativos sobre sí mismo, las dificultades para comer o dormir, la pérdida de energía y la agitación psicomotora. Se eligió este método porque excluye cualquier parámetro que evalúe la desesperanza.Sin embargo, la consideración de la depresión como factor de confusión no alteró la relación entre la hipertensión y la desesperanza. Un análisis estadístico posterior demostró que los hombres más desesperanzados tenían probabilidades 3 veces mayores de desarrollar hipertensión en los 4 años de seguimiento que aquellos que veían la vida de manera más optimista Los autores ensayan algunas explicaciones para este fenómeno. Es fácil pensar, sostienen, que los individuos desesperanzados tengan ciertos cambios en el comportamiento que aumenten su riesgo: que no cumplan con las terapias farmacológicas prescriptas, que beban o fumen más, y que sean más sedentarios. Sin embargo, el análisis estadístico considerando estos factores demostró que esta hipótesis no es cierta; más aún, señalan los autores, los individuos más pesimistas del grupo no cambiaron sus hábitos de vida durante los 4 años considerados. Otro posible mecanismo, proponen, sería el de los cambios neuroendócrinos u hormonales que se producirían a partir del sentimiento de desesperanza, y que influirían en las funciones vasculares o en los mecanismos de control de la presión del sistema nervioso central (un mecanismo anteriormente postulado para explicar la relación entre la depresión y la hipertensión). De todas maneras, concluyen los investigadores, los resultados señalan que la desesperanza se relaciona adversamente con la salud cardiovascular, de manera aún más marcada que la depresión clínica. Una visión más optimista del futuro, en consecuencia, no solamente nos haría más felices, sino también más sanos. Biblio: Everson SA y colaboradores. Hypertension incidence is predicted by high levels of hopelessness in Finnish men. Hypertension 2000; 35:561-567. [Medline] Para comentarios, opiniones, elogios o críticas mailto:delgaleno@gmail.com
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