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Obviamente, no pudimos controlar la tentación de reproducir algunas de estas "microficciones" en nuestra página. Seleccionamos sólo unas pocas, muy representativas de las angustias de los pacientes: la ansiedad que acompaña la demora en la sala de espera, las fantasías de la madre frente a la fiebre del hijo y la indiferencia del médico, los temores ocultos de no quedar incluidos en “la mayor parte de los casos” y ser justamente ese en que los procedimientos médicos salen mal, la locura... y dejamos para el final un texto particularmente movilizador. Información útil En la sala de espera, los pacientes intercambian información sobre sus enfermedades. El doctor es impuntual, la espera es larga, el doctor es tacaño, no hay revistas. La secretaria se queja: hay que rehacer una y otra vez las historias clínicas cuando los pacientes, aburridos, se entretienen intercambiando enfermedades. Una noche, la señora que limpia el consultorio encuentra en el cenicero atestado de colillas una obstrucción del colédoco con la que nadie se quiso quedar. Pediatra a la madrugada Si todo lo que tiene es un poco de fiebre hay que esperar, señora, sobre todo si acaba de empezar. Hay que esperar que aparezcan otros síntomas, que exploten los globos oculares con un sonido chasqueante, por ejemplo, o que la piel se le descame hasta desprenderse del todo, dejando al descubierto la carne roja de los músculos, que la lengua experimente ese hundimiento central prolongándose, dividiéndose hasta hacerse bífida, que se le caigan las orejas, por ejemplo, como frutas reblandecidas, excesivamente maduras, que los dedos de los pies se le hinchen como pequeños dirigibles, que vomite ilusiones o sardinas o una masa compacta de color azulado con la que podría atragantarse, que transpire un líquido tan ácido como para chamuscar la funda de la almohada, o tan frío como para depositar minúsculos carámbanos colgando de sus cejas, aunque también puede ser que se le pase, señora, no se preocupe, hay que esperar un poco, lo más probable es que simplemente se le pase la fiebre. Ejemplares raros Se les frota el cuerpo con agua de Alibur para que caigan las costras falsas dejando las llagas al descubierto. Se aplica sobre ellas una pomada antiséptica. En la mayor parte de los casos, cicatrizan bien. Sólo en algunos pacientes las llagas siguen abiertas y toman un color terroso. Se las cubre, entonces, con un emplasto de algas marinas. En la mayor parte de los casos se cierran sin dejar marcas al cabo de unos días. Sólo en algunos pacientes las llagas se inflaman y surgen unas raicillas blancas, móviles, que podrían confundirse con larvas. Su movimiento, sin embargo, se debe sólo a la velocidad con la que crecen. Se las rocía con abundante alcohol y se cubren con una gasa limpia y seca. En la mayor parte de los casos los brotes mueren y las heridas se cierran definitivamente. Sólo en algunos pacientes estas raicillas, ramificadas, profundamente hundidas, desarrollan una planta de hojas grandes, color ámbar, aterciopeladas, con gruesas nervaduras, que resultan deliciosas en la ensalada. Una gallina con alas azules La alucinación se repite idéntica en todos los pacientes: una gallina de alas azules con una pepita de oro en el pico. El Halopidol sólo sirve para que los movimientos del ave se vuelvan rígidos. Los opiáceos la duermen. El caldo de pollo tiene un efecto tóxico: el animal enfurecido arroja la pepita de oro y ataca a picotazos. Las autopsias han mostrado el cerebro agujereado, esponjiforme, de las víctimas. Así es la vida Más que epidemia, una verdadera pandemia. Ataca, entre otros, a los obesos, a los mineros que respiran sílice, a las mujeres que usan trenzas atadas con cintas de colores: todos participamos en algún grupo de riesgo. La sintomatología aleatoria confunde el diagnóstico: una dermatitis, la lividez crónica o repentina, la pasión por los programas de entretenimiento, la alopecia genética, el insomnio, los espasmos intestinales, incluso la ausencia de todo síntoma. La enfermedad se extiende a través de los continentes. Es inútil aislarse en el aire (a bordo de un avión) o en la mitad del mar. Puede atacar (y lo hace) en el mismo vientre materno, desde el momento que comienza la división del óvulo fecundado, destruyendo al cigoto o al embrión o al feto. A veces sucede todo lo contrario: la crisis se difiere durante años, en algunos casos más de noventa. El desenlace es siempre fatal. Biblio Botánica del caos Ana María Shua Editorial Sudamericana, Buenos Aires 2000 Para comentarios, opiniones, elogios o críticas mailto:delgaleno@gmail.com
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