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En 1994, un investigador británico, David Barker, formuló una hipótesis que relaciona determinados factores prenatales con el riesgo de muerte por enfermedades cardiovasculares. El postulado original sostenía que "la nutrición, la salud y el desarrollo deficientes en las niñas y mujeres jóvenes son la causa de la elevada prevalencia de mortalidad cardiovascular en la generación siguiente". Posteriormente, el postulado fue ampliado, adjudicándose un origen prenatal para los riesgos de enfermedades cardiovasculares en la vida adulta. Además, se aplicó a otras enfermedades crónicas, como diabetes, enfermedades pulmonares, alteraciones del desarrollo cognitivo y cáncer. Básicamente, la teoría consta de dos elementos: el primero es que las características antropométricas de los recién nacidos se correlacionan con la mortalidad tardía, cardiovascular y de otras causas. Las características que se incluyen son el peso de nacimiento, la circunferencia craneana, el índice ponderal (peso de nacimiento/estatura), la estatura y el peso de la placenta. El segundo elemento de la hipótesis de Barker señala que estas diferencias antropométricas tienen su origen en deficiencias nutricionales experimentadas por el feto durante la gestación. Barker sugirió que la desnutrición durante el primer trimestre del embarazo produce niños de bajo peso de nacimiento, que en la vida adulta desarrollan hipertensión y mueren de accidente cerebrovascular hemorrágico. En el segundo trimestre, la deficiencia produciría un neonato de bajo peso, pero de un reducido índice ponderal; en el futuro sufriría hipertensión y diabetes, y moriría por enfermedades coronarias. Finalmente, si la deficiencia nutricional se produce en el tercer trimestre, el crecimiento cerebral se mantendría a expensas del correspondiente al cuerpo, resultando un neonato con peso normal, y de talla reducida en relación con el perímetro encefálico. Este individuo tendría un mayor riesgo de hipertensión, alteraciones del metabolismo del colesterol y de la coagulación, y moriría de enfermedades coronarias y accidentes cerebrovasculares isquémicos. De resultar cierta la idea del Dr. Barker, debería producirse una alteración importante en las actuales políticas de medicina preventiva, porque más que abandonar el cigarrillo, descender el colesterol o bajar los niveles de estrés, sería suficiente tratar de mantener una adecuada nutrición durante todo el embarazo. El doctor John Wilson, del Royal Women's Hospital de Brisbane, publicó un trabajo en el que analiza las evidencias a favor y en contra de esta curiosa hipótesis. En su formulación, explica, se tuvo en cuenta, por un lado, que los parámetros antropométricos de los recién nacidos se relacionan con su mortalidad posterior por causas cardiovasculares y con el riesgo de sufrir las enfermedades mencionadas. Por otra parte, que estos parámetros dependen de las deficiencias nutricionales sufridas durante el desarrollo fetal. Los autores de la hipótesis encontraron su primer punto a favor en el estudio que comparó las tasas de mortalidad por enfermedades isquémicas en Inglaterra y Gales entre 1968 y 1978, y la mortalidad infantil en las mismas regiones entre 1921 y 1925, hallando una correlación entre ambas. Otro estudio, basado en los registros de una partera inglesa correspondientes al período 1911-1930, demostró que existía una relación entre el peso al nacer y la muerte por causas cardiovasculares en esta cohorte. Los datos de otro ensayo, basado en el seguimiento de un grupo de hombres y mujeres nacidos en Sheffield entre 1907 y 1924, mostraron una tendencia hacia una mayor mortalidad por causas cardiovasculares cuanto menor era el peso al nacer, pero sin relevancia estadística. Sin embargo, la relación entre este último parámetro y la mortalidad cardiovascular prematura sí fue significativa. Esta última también se asoció con menor perímetro del cráneo y menor índice ponderal. En un estudio de seguimiento de 449 personas nacidas en un hospital de Preston entre 1935 y 1943 se observó una mayor prevalencia de hipertensión arterial entre aquellas que habían nacido con un peso bajo con relación al de la placenta, relación que se mantuvo aún después de excluir a los nacidos antes de la semana 38 de la gestación. Otros estudios demostraron resultados similares, relacionando el bajo peso al nacer y el relativamente mayor tamaño de la placenta con diversas patologías en la edad adulta. Finalmente, en 1989, un trabajo realizado en el John Radclife Hospital de Oxford demostró que el tamaño aumentado de la placenta y una elevada relación entre ésta y el peso neonatal se relacionaban con niveles bajos de hemoglobina en la sangre materna y un menor volumen corpuscular medio. Estos factores fueron relacionados con la carencia de hierro en la madre, indicadora de una deficiencia nutricional. Pero otras investigaciones parecen contradecir a los seguidores de Barker. Dado que los niños nacidos luego de gestaciones múltiples suelen ser más pequeños que los nacidos de embarazos simples, ¿su riesgo de mortalidad cardiovascular es mayor? De acuerdo con la Hipótesis de Barker, debería ser así. Sin embargo, diversos estudios, entre ellos el realizado entre gemelos suecos nacidos entre 1886 y 1925 y seguidos hasta 1986, demostraron que la mortalidad por esta causa no es diferente en este grupo que en la población general. Otro análisis que echa por tierra la hipótesis es el de la evolución temporal de la incidencia de la mortalidad cardiovascular. Un trabajo en Australia mostró que este parámetro, después de aumentar en forma marcada en el período comprendido entre la Segunda Guerra Mundial y la década de 1970, siguió una tendencia descendente hasta la actualidad. No se han registrado variaciones en el peso promedio de los nacimientos, explican los expertos, que puedan ser relacionadas con el crecimiento ni la posterior reducción de la mortalidad. Finalmente, las evidencias más desalentadoras para Barker y sus seguidores provienen del estudio del llamado Invierno del Hambre Holandés, en 1944 y 1945. En ese período, el transporte de alimentos por tierra en el país se vio bloqueado por las fuerzas alemanas, efecto que se sumó al del crudo invierno que impidió las comunicaciones fluviales en los canales congelados. Durante 7 meses, la población sufrió una hambruna durante la cual se consumían en promedio 580 calorías diarias, y el peso materno promedio descendió en un 4.3%. Al estudiar la evolución de los embarazos ocurridos durante este período, se registró un "umbral" correspondiente a una ingesta de 1500 calorías diarias, por sobre el cual no se registraron efectos. Entre las mujeres con ingestas inferiores, las consecuencias se presentaron solamente en las expuestas durante el tercer trimestre. Los niños nacidos de estas madres presentaron un peso promedio un 9% inferior al de los controles. Los parámetros restantes del crecimiento fetal mostraron modificaciones similares. La conclusión de los expertos holandeses fue que el crecimiento fetal se ve afectado solamente cuando la nutrición de la madre se reduce a menos de 1500 calorías diarias durante el tercer trimestre; en contradicción con los principales postulados de Barker. El doctor Wilson, finalmente, señala que las evidencias que apoyan la hipótesis de Barker son, cuanto menos, equívocas. Es posible que un menor peso al nacer se relacione con una mayor mortalidad cardiovascular, pero no puede afirmarse que ésta se relacione con la nutrición materna. La relación podría continuar bajo estudio, pero dada la importancia de las enfermedades cardiovasculares como causa de muerte en la sociedad actual, sería tal vez más positivo analizar los factores de riesgo más concretos y probables, cuya modificación con mayor seguridad permitirá reducir su incidencia. Biblio: Wilson J The Barker hypothesis. An analysis. The Australian and New Zealand Journal of Obstetrics and Gynaecology 1999;39(1):1-7. [Medline] Para comentarios, opiniones, elogios o críticas mailto:delgaleno@gmail.com
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