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Muerte, milagros y resurrección de la talidomida

Fecha de Publicación: 5/23/2002
Este artículo está clasificado en la categoría Del Pasado
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    La talidomida no sólo tiene el conocido componente trágico de los niños con gravísimas deformidades de nacimiento; en su historia también hay rasgos de heroísmo, mezquindades comerciales, hallazgos casuales y finalmente una resurrección que recién está empezando y que promete un futuro de múltiples beneficios.
 

El mundo a fines de la década del 50 estaba lleno de optimismo hacia los medicamentos, influido por los recientes avances en antibióticos, vacunas y diversas drogas para enfermedades renales, neurológicas, cardíacas, dermatológicas. En el ámbito de la psiquiatría es notable observar el volumen de los medicamentos consumidos por la población en esta época, estimándose que un millón de personas tomaba diariamente sedantes sólo en Gran Bretaña, y que uno de cada siete norteamericanos tomaba barbitúricos. Nadie tenía mayores prevenciones hacia los nuevos medicamentos, y la posibilidad de que algunos de ellos pudieran tener efectos teratogénicos estaba más allá de la imaginación. Prácticamente no existían los organismos gubernamentales de control de medicamentos para su aprobación antes del lanzamiento al mercado; la FDA ya era una realidad, pero en sus primeros tiempos se trataba de un organismo amigo de la industria farmacéutica, que aprobaba los nuevos medicamentos sin mayores objeciones.

En este contexto de aceptación de las nuevas drogas en todo el mundo, el hallazgo de la talidomida constituyó un excelente negocio para los laboratorios Chemie Gruenenthal de Alemania y posteriormente para Distillers Company, que obtuvo la licencia para su comercialización en Gran Bretaña y el Commonwealth. La talidomida debe ser uno de los pocos casos en la historia de la farmacología de una droga asombrosamente segura en las pruebas de laboratorio: los investigadores no pudieron hallar una dosis, por elevada que fuera, capaz de matar a una rata. Los estudios clínicos previos en Alemania fueron escasos, y consistieron principalmente en la distribución de muestras gratuitas entre médicos y empleados de la empresa. Entusiasmados con la falta de toxicidad de la droga, el medicamento se lanzó en la modalidad de venta libre y fue anunciado como el sedante más seguro del mundo.

El primer niño con malformaciones nació el día de Navidad de 1956, antes de que la talidomida fuera lanzada al mercado; se trataba de la hija de un empleado de la Gruenenthal, que había dado a su esposa embarazada unas pastillas de las muestras libres distribuidas en su lugar de trabajo. Durante los años siguientes los obstetras alemanes comenzaron a notar la aparición de raras anomalías congénitas, especialmente la tetrafocomielia -cuyo significado sería “cuatro extremidades de foca”- consistente en un acortamiento de los miembros a tal punto que en muchos casos las manos y los pies se encontraban directamente adosadas al tronco. Al mismo tiempo, los neurólogos comenzaron a notar una creciente incidencia de neuritis periférica en pacientes que tomaban talidomida, pero la relación entre estos problemas y la droga no estaba clara.

El primer héroe de esta historia fue un obstetra australiano, William Mc Bride, que en 1960 fue el pionero en afirmar su convencimiento de que existía una relación entre la aparición de las malformaciones y el uso de la talidomida durante el embarazo. El camino no fue sencillo: resultó difícil replicar las malformaciones en animales de experimentación, y los laboratorios involucrados se mantenían intransigentes. Pero finalmente la verdad salió a la luz con la colaboración de un grupo de periodistas del Sunday Times, de Londres, quienes difundieron el escándalo y el problema de las adecuadas compensaciones a las víctimas. Se estima que la talidomida provocó malformaciones en 8.000 a 12.000 niños, además de neuritis en unas 40.000 personas. Unos 5.000 niños con malformaciones llegaron a la edad adulta.

La historia de la talidomida en los EE.UU. es un capítulo aparte. El laboratorio Richardson – Merrell de Cincinnati gestionó la aprobación del nuevo sedante ante la FDA en marzo de 1961, en la tranquilidad de una pronta y burocrática aprobación. Pero aquí aparece el segundo héroe (en este caso heroína) de la historia: una médica recientemente ingresada a la FDA, que recibió la petición. La documentación presentada por el laboratorio le pareció muy insuficiente, por lo que decidió devolverla al solicitante con pedidos de ampliación de la información. La doctora Frances Kelsey supo entonces lo que es una presión comercial cuando existen millonarios intereses en juego: la compañía, sus abogados e inclusive algunos de sus propios colegas intentaron hacerla cambiar de opinión. Estas presiones tenían un poderoso fundamento consistente en 10 millones de tabletas de talidomida listas para entrar en el mercado, y que no podían producir las generosas ganancias esperadas por la obcecación de una médica de la FDA.

La doctora Kelsey, disconforme con la documentación e inmune a las presiones, rechazó media docena de veces más la solicitud. Mientras se desarrollaba este dramático y silencioso enfrentamiento entre intereses comerciales y convicciones personales, comenzaron a aceptarse las evidencias de su poder teratogénico y la talidomida fue retirada del mercado de Alemania. La solicitud en la FDA fue retirada inmediatamente después, y la talidomida no llegó al mercado farmacológico más grande del mundo. La actitud de la Dra. Kelsey salvó a miles de niños de los EE.UU. de nacer con gravísimas malformaciones y por esa razón mereció una condecoración del gobierno, entregada por el presidente Kennedy.

Repasar esta historia hoy moviliza cierto grado de asombro. ¿Cómo pudieron pasar delante de tantos obstetras y pediatras malformaciones congénitas tan graves sin preguntarse qué medicamentos tomó la mujer durante el embarazo? La respuesta hay que buscarla en esa actitud de confianza ciega que tenía la gente en los medicamentos y en la falta de conciencia de la posibilidad de efectos teratogénicos. Muchos países occidentales ni siquiera tenían organismos de control de drogas previas a su lanzamiento al mercado, sino que simplemente se confiaba en la capacidad y responsabilidad de las empresas farmacéuticas. Todas las conductas preventivas y de control aparecieron después, justamente motivadas por la catástrofe de la talidomida.

Pero la historia no terminó aquí. En 1964 el Dr. Jacob Sheskin trataba pacientes leprosos en Marsella, Francia, y se sentía impotente ante el lamentable estado de algunos enfermos con dolor intratable. En sus anaqueles de medicamentos encontró viejas muestras de talidomida, ya retirada del mercado, y pensó que ese sedante quizás podría mejorar algo en donde todos los demás fracasaban. Un par de pastillas de talidomida obraron el milagro en el primer paciente, que no sólo logró dormir, sino que unos días después comenzó a curar sus lesiones.

El descubrimiento de Sheskin, confirmado en muchas otras personas con lepra, movilizó a los científicos a hacer algo que jamás se había hecho: estudiar los mecanismos de acción de la droga. De esta forma se descubrió que modifica ciertas reacciones inmunitarias, lo que le permite alcanzar mejoras no sólo en la lepra, sino también en el sida y otras enfermedades autoinmunes. Además, se supo que puede inhibir la proliferación de los vasos asociados con los tumores, y así disminuir o interrumpir su crecimiento. Para completar la parábola de la talidomida, esta línea de investigación demostró también que la droga interfiere el suministro de sangre de los miembros en el desarrollo del embrión, lo que explica la particular capacidad teratogénica que la convirtió en el drama farmacológico más grave del siglo XX.

Biblio:
       EM Tansey
       Book Reviews
       New England Journal of Medicine 345(3):226

Trent Stephens y Rock Brynner
       Dark Remedy: The Impact of Thalidomide and Its Revival as a Vital Medicine
       Cambridge, Mass, Perseus, 2001
       ISBN 0-7382-0404-8

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